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La alegría en el Espíritu Santo

La alegría en el Espíritu Santo

2 de septiembre de 2025

55° aniversario de la muerte

De la Venerable madre M. Dositea Bottani

Esquema de reflexión

(Cada comunidad puede usar libremente este esquema,

insertándolo eventualmente en la celebración de las Vísperas)

Introducción

En la memoria del 55° aniversario de la muerte de la Venerable Madre Dositea Bottani, demos gracias a Dios por haberla donado a nuestro Instituto, a la Iglesia y al mundo como testigo de la alegría evangélica que nace de la experiencia de la pascua de Jesús, misterio de pasión -muerte- resurrección. La vida y el magisterio de madre Dositea (1896-1970) se caracterizan por la alegría que constantemente resplandecía en su sonrisa en toda situación, alegre o triste, porque su mirada estaba dirigida a Jesús, el Esposo del que había enamorado desde la juventud. Sus últimas palabras, poco antes de entrar a la eterna fiesta de bodas, fueron: «¡Qué alegría, qué alegría!». Fue definida: «Mujer de las bienaventuranzas». «Mujer del He aquí… Hágase …Magníficat», (del Ecce… Fiat…Magnificat) «… portadora alegría, de serenidad, de entusiasmo. Era la alegría del humilde que se siente creatura de Dios, hija de Dios y en él se abandona totalmente»: así escribió madre Graziosa Bugini, su secretaria durante 12 años. Hoy unidas a todas las Hermanas pidamos a la Venerable madre Dositea que nos obtenga de Dios “la alegría en el Espíritu Santo” per cada una de nosotras y para nuestras comunidades, para que podamos ser testigos del Evangelio, “buena noticia” para el mundo entero.

1r momento

«Jesús exultó de alegría en el Espíritu Santo»

El Año del “Jubileo” es el contexto apto para reflexionar sobre la alegría cristiana, que nace de la experiencia de la salvación ofrecida por el Padre a toda la humanidad en el Espíritu de Cristo Resucitado. El evangelio de Lucas narra que, al regresar los discípulos de la misión, Jesús “exultó de alegría en el Espíritu Santo” por los “pequeños” que han aceptado el evangelio.

Del Evangelio de Lucas (10, 1.17-23)

Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. […] Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre». Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo». En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: «¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!

2° momento

La alegría en el Espíritu Santo es compartida entre hermanos

El Papa Francisco habló de la alegría cristiana en varios documentos, particularmente en la exhortación “Gaudete et Exsultate”. La alegría del discípulo de Cristo nace de la íntima unión con su Señor y construye fraternidades nuevas que, movidas por el mismo Espíritu, saben “alegrarse del bien de los otros”.

De la exhortación “Gaudete et Exsultate” del Papa Francisco

  • 122. […] Ser cristianos es «gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17), porque «al amor de caridad le sigue necesariamente el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado. […] Hemos recibido la hermosura de su Palabra y la abrazamos «en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo» (1Ts 1,6). Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer realidad lo que pedía san Pablo: «Alégrense siempre en el Señor; vuelvo a insistir, alégrense» (Flp 4,4). […]
  • 128 […] Me refiero más bien a esa alegría que se vive en comunión, que se comparte y se reparte, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35) y «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros: «Alégrense con los que están alegres» (Rm 12,15). «Nos alegramos siendo débiles, con tal de que ustedes sean fuertes» (2 Co 13,9). En cambio, si «nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría». (Exhort. ap. Postsin. Amoris laetitia, 19 marzo 2016, 110)

3r momento

La alegría de la “esposa de Cristo” se expresa en la alabanza, en el “canto de amor”

La joven novicia Hna. Dositea, en la vigilia de la profesión religiosa el 3 de octubre de 1921, escribió un proyecto de vida, caracterizado por la alegría y la gratitud a Dios por la vocación a ser esposa-hermana-madre. Jesús es el “Corazón ardiente, loco de amor por cada criatura” que ella quiere alegrar y seguir con amor, en la entrega total hasta el martirio.

  • Deseo, Jesús, que mi vida te sea un canto de amor, un llanto de contrición, un gemido de oración y un sacrificio de reparación. Haz que cante Tu amor , oh Jesús mío, Tu inmenso amor per nosotros, por mí, que has circundado y regalado tantas gracias; sea un canto de amor que alegra tu Corazón ardiente, loco de amor por tus criaturas; y mi canto sea mi amor: un amor que escucha tu voz y la sigue, con obediencia, hasta el martirio y el heroísmo; un amor que te busca solo a Ti en todo, que ve solo a Ti en todas y en todo lugar, que te escuche solo a Ti, sofocando el amor a mí misma, negándome a mí naturaleza, y sus sensibilidades, y sus lamentos; que te quiera solo a Ti en lo que hago, pienso y siento.

En las diversas tareas desarrollada en el Instituto, sobre todo como superiora general, madre Dositea recomendaba de “ahondar en los misterios sublimes de la nuestra fe”, para entrenar el corazón para la adoración y para la alabanza gozosa, para “cantar y hacer cantar” a las personas que se nos confían. En la extensa carta circular de 1965 a las superioras, daba preciosas sugerencias, validas no sólo para el servicio de la autoridad, sino también para cada hermana, para todo cristiano:

  • No se pude enseñar a rezar, sobre todo a alabar a Dios, si no se tiene el alma llena de adoración e de admiración por Él y por sus obras. Seremos como personas desentonadas e ignorantes de la música, que queremos enseñar a los otros. El alma debe “cantar y hacer cantar” escribe un autor ascético. Conocer a Dios, adorarlo, amarlo, alabarlo y hacerlo conocer, adorar, amar, alabar: ésta es la tarea en la Congregación, la tarea de cada una de nosotras. El conocimiento íntimo de un alma bella, nos lleva a estimarla, a amarla, a imitarla; y el amor crea, por una necesidad irresistible, la alabanza. la alabanza, acaricia tan dulcemente, nuestros oídos. ¡Confesémoslo!… ¿Y por qué somos avaras en tributarla a Dios, con el coro alegre de nuestras hijas? ¿Por qué no nos sumergimos en los misterios sublimes de nuestra Fe y no introducimos a los que se nos confían?
  • Nuestra alegría de religiosas está en procurar la gloria del Padre, en la imitación del Hijo, con la ayuda del Santo Espíritu: vivir, entonces, una vida que honre la presencia de la SS. Trinidad, de nostro Dios EN NOSOTROS. En nuestra nada, debemos tener deseos locos por Dios, como aquello de aumentarle la gloria, la felicidad, de hacerlo sonreír con nuestro amor, hecho de donación plena: plena, en amar solo a Él y en amarlo en el prójimo sin búsqueda de satisfacciones sensibles o de amor propio; plena, en hacer acallar los deseos de lo mejor, del lujo, de lo abundante, donde basta lo necesario; plena, en la aceptación del querer de Dios, en la obediencia en cuanto al lugar, al oficio, a los traslados, a las disposiciones: en resumen, vivir nuestra consagración alegremente, dejando de considerarnos propiedad nuestra, nunca, en nada, habiendo hecho ofrecimiento voluntario de todo nosotras mismas a Dios, feliz de vivirla en los encuentros con la cruz, signo seguro de que nuestras pequeñas ofrendas son puestas sobre el altar, para ser unidas al Sacrificio de Jesús.

4° momento

Sugerencias para un camino de alegría

Madre Dositea usaba a menudo el término “alegría” en sus conversaciones y en sus escritos y sabía animar a las hermanas a ver incluso en las dificultades de la vida una oportunidad para descubrir la verdadera alegría, que es don precioso para quien sigue a Jesús hasta el Calvario.

  • Si meditaras en la gracia que Dios te dio, llorarías de alegría, y deberías repetirte a ti misma con tanta fuerza “¡Dios me ama!!”, encontrar en esta afirmación todo el valor para sufrir luchar, morir, pero no traicionar la bondad divina.
  • ¡La virtud no es alegría sensible sino una persuasión interna de haber aceptado el querer del Padre… ¡Sal de ti, sal!!! Piensa que Jesús está a tu lado, ¡en ti!… Y si no tienes la alegría, que no es necesaria, de sentirlo, te baste la fe, más segura que cualquier sentido. ¿Tu oración es fría?! ¿y por eso qué? Tú rezas, aunque tuviera que, como S. Teresa, estrujar el reloj que va demasiado lento para marcar el final. ¿Te escandaliza?! ¡No, hija! Incluso la oración a veces se convierte en «martirio», Incluso en la angustiosa ansiedad del alma, que quisiera, como el serafín, consumirse de amor. tienes llegar a disfrutar de tu pequeñez, de tu insuficiencia, para dejar a Jesús la gloria y la alegría de obrar en ti.
  • Cómo rezo, invocando para ti de Jesús la gracia de la fortaleza, de la fe activa, de la esperanza y sobre todo del amor. Sí, hija mía, ¡del amor! este poderoso resorte que te enseñará a encontrar la alegría en el sufrir! ¡Lo sé! eres pequeña aún, eres una principiante y sobre todo no sabes discernir bien entre lo que es natural y lo sobrenatural: ¡pero reza! ¡Pon la cabeza entre las manos, piensa que Jesús desde el altar te escucha, te ve, afectuosamente te mira, te ama! ¡¡¡Si supieras cuánto te morirías de alegría!!! Nuestra alegría como religiosas está en procurar la gloria del Padre, en la imitación del Hijo, con la ayuda del Santo Espíritu: vivir, por lo tanto, una vida que honre la presencia de la SS. Trinitàd, de nuestro Dio EN NOSOTRAS. En nuestra nada, deberíamos tener deseos locos para Dios, como el de aumentar su gloria, la felicidad, hacer que sonría de nuestro amor, hecho de plena donación: plena, en amar solo a Él y en amarlo en el prójimo sin búsqueda de satisfacción sensible o de amor propio; plena, en hacer callar los deseos de lo mejor, del lujo, de lo abundante, donde basta lo necesario; plena, en la aceptación del querer de Dios, en la obediencia en cuanto al lugar, al oficio, a los traslados, a las disposiciones: vivir, en fin, nuestra consagración alegremente, no considerándonos más, nunca, nuestra propiedad, en nada, habiendo hecho de todas nosotras mismas una ofrenda voluntaria a Dios, felices de vivirla en los encuentros con la cruz, signo seguro de que nuestras pequeñas ofrendas están puestas sobre el altar, para ser unidas al sacrificio de Jesús.
  • Sabes lo hermoso que es esparcir la alegría a nuestro alrededor, aunque tengamos mil razones en contra. Debes llegar al punto de disfrutar de tu pequeñez, de tu insuficiencia, para permitir a Jesús la gloria y la alegría de obrar en ti. Nuestro programa: «Dar todo alegremente, sin esperar nada».
  • El Señor les bendiga, les asista siempre, les colme de gracias y favores; les consuele en toda pena, les dé alegría espiritual en todo sacrificio.

Canto (de los escritos de madre Dositea)

Eres para mí fuente de vida,

Tú Jesús, mi alimento verdadero.

Ser vivo canto de amor

Es el anhelo de mi corazón.

Y sea canto el escuchar

tu voz, mi Señor,

el ver en cada cosa,

eel servirti sin pausa.

Estr.: Escribe Tú con mi vida

una página de historia

que sea siempre solo amor,

que sea siempre solo amor.

Hazme sencilla de corazón,

obediente, mi Señor:

que yo siembre bondad,

fe, júbilo, en humildad.

Oigo dulce tu voce,

que me quieres toda tuya.

Haz de mí un puro holocausto, una narración de fidelidad. Estr.

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